Comentario: Si no estoy errada, esta carta se publicó por primera vez en español entre los años 1981 y 1982. En aquel entonces se consideró el mensaje ecológico mas bello jamás escrito. Espero lo difruten.
Carta dirigida por el Jefe indio Seattle, Gran Jefe de los Duwamish, al 14º
presidente de los EE.UU, Mr. Franklin Pierce, como respuesta a su oferta de compra
de las tierras Suwamish.
Pronunció este discurso ante Isaac Stephens, Gobernador del Territorio de Washington
en 1855, y no se publico hasta 1887, treinta y dos años después.
El gran Jefe de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las
tierras, junto con palabras de amistad y de buena voluntad.
Apreciamos mucho esta delicadeza porque conocemos la poca falta que le hace nuestra
amistad. Queremos considerar su ofrecimiento, pues sabemos que si no lo hiciéramos,
los hombres de piel blanca nos arrebatarían las tierras con sus armas de fuego. Que
el gran caudillo de Washington confíe en la palabra del líder Seattle con la misma
certidumbre que espera la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como
estrellas.
¿Como podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Se nos hace extraña
esta idea. No son nuestros el frescor del aire ni los reflejos del agua. ¿Cómo
podrían ser comprados? Lo decidiremos más adelante. Tendríais que saber que mi
pueblo tiene por sagrado cada rincón de esta tierra. La hoja resplandeciente; la
arenosa playa; la niebla dentro del bosque; el claro en la arboleda y el zumbido del
insecto son experiencias sagradas y memorias de mi pueblo. La sabia que sube por los
árboles lleva recuerdos del hombre de piel roja.
Los muertos del hombre de piel blanca olvidan su tierra cuando empiezan el viaje en
medio de las estrellas. Los nuestros nunca se alejan de la tierra, que es la madre.
Somos un pedazo de esta tierra; estamos hechos de una parte de ella. La flor
perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa: todos son nuestros hermanos.
Las rocas de las cumbres, el jugo de la hierba fresca, el calor de la piel del
potro: todo pertenece a nuestra familia.
Por esto, cuando el gran caudillo de Washington manda decirnos que nos quiere
comprar las tierras es demasiado lo que nos pide. El gran caudillo quiere darnos un
lugar para que vivamos todos juntos. El nos hará de padre y nosotros seremos sus
hijos. Hemos de meditar su ofrecimiento. No se nos presenta nada fácil ya que las
tierras son sagradas. El agua de nuestros ríos y pantanos no es sólo agua, sino la
sangre de nuestros antepasados. Si os vendiésemos las tierras, haría falta que
recordaseis que son sagradas y lo tendríais que enseñar a vuestros hijos y que los
reflejos misteriosos de las aguas claras de los lagos narran hechos de la vida de mi
pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son hermanos nuestros, porque nos libran de la sed. Los ríos arrastran
nuestras canoas y nos dan sus peces. Si os vendiésemos las tierras, tendríais que
recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son hermanos nuestros y también
vuestros. Tendríais que tratar a los ríos con el corazón.
Tanto le importa un trozo de tierra que otro, porque es como un extraño que llega de
noche a arrancar de la tierra todo lo que necesita. No ve la tierra con una hermana,
sino más bien como una enemiga. Cuando la ha hecho suya, la menosprecia y sigue
andando. Deja atrás las sepulturas de sus padres y no parece que eso le duela. No le
duele desposeer la tierra de sus hijos. Olvida la tumba de su padre y los derechos
de sus hijos. Trata a la madre tierra y al hermano cielo como si fueran cosas que se
compran y se venden; como si fuesen animales o collares. Su hambre insaciable
devorará la tierra y detrás de él dejará tan sólo un desierto.
No lo puedo comprender. Nosotros somos de una manera de ser muy diferente. Vuestras
ciudades hacen daño a los ojos del hombre de piel roja. Tal vez sea porque el hombre
de piel roja es salvaje y no puede entender las cosas. No hay ningún lugar tranquilo
en las ciudades del hombre de piel blanca; ningún lugar donde se pueda escuchar en
la primavera el despliegue de las hojas, o movimiento de las alas de un insecto. Tal
vez me lo parece a mí porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas. El ruido
de la ciudad es un insulto para el oído. Y yo me pregunto: ¿qué tipo de vida tiene
el hombre cuando no es capaz de escuchar el grito solitario de una garza o la
discusión nocturna de las ranas alrededor del charco? Soy un hombre de piel roja y
no puedo entender. A los indios nos deleita el ligero murmullo del viento fregando
la cara del lago y su olor después de la lluvia del mediodía, con su peculiar
fragancia.
El hombre de piel roja es conocedor del valor inapreciable del aire ya que todas las
cosas respiran su aliento: el animal, el árbol, el hombre. Pero parece que el hombre
de piel blanca no sienta el aire que respira. Como un hombre que hace días que
agoniza, no es capaz de sentir la peste. Si os vendiésemos las tierras, tendríais
que dejarlas en paz y que continuasen sagradas para que fuesen un lugar en el que
hasta el hombre de piel blanca pudiese saborear el viento endulzado por las flores
de la pradera.
Queremos considerar vuestra oferta de comprarnos las tierras. Si decidiéramos
aceptarlo tendré que poneros una condición: que el hombre de piel blanca mire a los
animales de esta tierra como hermanos.
desde el caballo de fuego sin ni tan sólo pararlo. Yo soy salvaje y no entiendo
porqué el caballo de fuego vale más que el búfalo, ya que nosotros lo matamos sólo a
cambio de nuestra propia vida. ¿Qué puede ser del hombre sin animales? Si todos los
animales desapareciesen, el hombre tendría que morir con gran soledad de espíritu.
Porque todo lo que les pasa a los animales, bien pronto le pasa también al hombre.
Todas las cosas están ligadas entre sí.
de los abuelos. Respetarán la tierra si les decís que está llena de vida de los
antepasados. Hace falta que vuestros hijos lo sepan, igual que los nuestros, que la
tierra es la madre de todos nosotros. Que cualquier estrago causado a la tierra lo
sufren sus hijos. El hombre que escupe a tierra, a sí mismo se está escupiendo.
De una cosa estamos seguros: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que
pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red que es la vida, sólo es un
hijo. El sufrimiento de la tierra se convierte a la fuerza en sufrimiento para sus
hijos. Estamos seguros de esto. Todas las cosas están ligadas como la sangre de una
misma familia.
Hasta el hombre de piel blanca, que tiene amistad con Dios y se pasea y le habla, no
puede evitar este destino nuestro común. Tal vez sea cierto que somos hermanos. Ya
lo veremos. Sabemos una cosa que tal vez descubriréis vosotros más adelante: que
nuestro Dios es el mismo que el vuestro. Os pensáis que tal vez tenéis poder por
encima de Él y al mismo tiempo lo queréis tener sobre todas las tierras, pero no lo
podéis tener. El Dios de todos los hombres se compadece igual de los de piel blanca
que de los de piel roja. Esta tierra es apreciada por su creador y estropearla sería
una grave afrenta. Los hombres de piel blanca también sucumbirán y tal vez antes que
el resto de tribus. Si ensuciáis vuestra cama, cualquier noche moriréis sofocados
por vuestros propios delitos. Pero veréis la luz cuando llegue la hora final y
comprenderéis que Dios os condujo a estas tierras y os permitió su dominio y la
dominación del hombre de piel roja con algún propósito especial. Este destino es en
verdad un misterio, porque no podemos comprender que pasará cuando los búfalos se
hayan extinguido; cuando los caballos hayan perdido su libertad; cuando no quede
ningún rincón del bosque sin el olor del hombre y cuando por encima de las verdes
colinas nuestra mirada encuentre por todas partes las telarañas de hilos de hierro
que llevan vuestra voz.
¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. ¡Así
se acaba la vida y empezamos a sobrevivir!
No comments:
Post a Comment